jueves

ENTREGA DE ANNA ROSE

18 de enero 2017
ENTREGA DE ANNA ROSE (1ª. Parte)

(Mensaje de Daniel)
A principios de noviembre cuando la puerta del avión de Honiara (capital de las Islas Salomón) se abrió, se llenó el aire de una humedad cálida.  Por fin encontré a Laura en el aeropuerto luego de largos meses de separación.  El plan era volar hasta Lata—una de las islas de Santa Cruz-- unos días después, donde Anna Rose—un yate de 45 pies—que nos esperaba para llevarlo hasta Hobart.  Queríamos llegar a nuestro destino lo más pronto posible porque noviembre pasa rápido y se hacía tarde para navegar en el estrecho.  Los primeros huracanes podían llegar en diciembre y necesitábamos por lo menos unos cuantos días para alistar el bote.  Nuestro vuelo de Honiara hasta Lata se canceló una y otra vez porque el motor había sido desarmado y los mecánicos esperaban que llegara un repuesto para armarlo.  Esperamos más de una semana y cada día escuchábamos lo mismo en la aerolínea: “Tal vez mañana… “.
Nos alojamos en un villorrio poco atractivo.  Un día nos escapamos en un scooter y avanzamos tanto como se pudo en un día.  Muchas sonrisas y saludos conforme rodábamos por pueblitos donde la vida transcurría sin tiempo.  Una vida cerca al mar, abundancia de fruta, vegetales y nueces.  Chicos gozando del sol y del agua, saltando de las rocas, pedaleando en sus canoas de madera, nos rodearon cuando nos detuvimos a comer mangos.  Ellos no nos entendían pero nos observaban con grandes sonrisas.  Un cerdo enorme, más grande que nuestro scooter, se remojaba en una alberca de barro cerca al camino.  Qué tal vida!  Me pregunto si esta gente tiene idea de lo que ocurre en el mundo.  Difícil de imaginar.
Unos días después, finalmente pudimos abordar el avión, con bastante peso, lo que parece que no fue un problema.  Llegamos a Lata.  Titus, un ayudante fiel de Oceanswatch nos esperaba, nos llevó por el pueblito hasta su dingy, el que flotaba en un agua muy clara.   Tuvimos unos días muy atareados para poner el bote en orden.  Conseguimos combustible y agua en bidones, conseguir algo de comida, lo cual fue muy rápido, ya que no hay supermercados en Lata.  Nuestros suministros eran lentejas, pasta, arroz y conservas que aún estaban en el bote, y algunas frutas y cocos recogidos en el terreno de Titus.  Nos tomó medio día para obtener agua de una fuente que alimenta un arroyo, un agua tan pura como el cristal—que es la fuente que provee agua a los pueblos vecinos.
Hay mucho más que decir sobre Lata y sus habitantes amistosos, y las conversaciones graciosas  que tuvimos con gente que por ejemplo ignora la fecha o el año de su nacimiento y tiene una mentalidad que está muy lejos de nuestra manera de vivir,  gente que no sabe qué responder cuando les preguntamos en qué trabajan.  “En nada”, nos dijo alguien que nos ayudó a llevar los vegetales al dingy “sólo me doy vueltas”, respondió, sin saber qué más decir. 
El 21 de noviembre finalmente levantamos nuestras anclas.  Después de tres o cuatro horas de trabajo arduo, Anna Rosa estuvo libre para cruzó la bahía.  Empezó una larga jornada con un final desconocido.  Esperamos buenos vientos por una semana, porque los reportes de tiempo no pueden ser tomados con mucha seriedad, y el Mar de Tasmania sigue siendo un misterio.
Pero el viaje empezó suavemente, con vientos que ayudaban a navegar bien,  nuestras manos trabajando sin descansar.  Nos caían chubascos noche y día.  Estábamos contentos de que aún el aire era caliente y la lluvia, un refresco bienvenido.  Cada puesta del sol era una pintura diferente que cambiaba como un camaleón, noche tras noche.  Qué divertido!  Un día, Laura divisó a dos delfines nadando frente al bote, y cuando agitamos la mano, llamándoles, se voltearon, manteniéndose en el agua hasta la mitad de la barriga.  Los delfines nunca nos dejaron de asombrar, son las criaturas más amigables del mar.  Unos días después de pasar Nueva Caledonia, sopló un viento constante que nos permitió navegar con soltura, hasta que Laura se dio cuenta de que el piloto automático se había apagado.  Lo encendí, pero el motor se apagaba de inmediato.  Algo no andaba bien.  Laura volteó la  rueda del timón y no halló resistencia.  Serían los cables rotos?  Empezó la búsqueda.  Encontramos una tuerca rota, es lo que sujeta el cable al cuadrante,  y traté de pegarlo lo mejor que pude.  También encendimos el timón de emergencia, sólo por si acaso, y dejamos el cuadrante accesible para poder monitorear el vehículo.

(Mensaje de Laura):
Los días siguientes el clima se tornó amable y nuestro pegamento parece que estuvo aguantando, pero estábamos empujando un poco el bote, ya que recibimos un mensaje de papá diciendo que un huracán acababa de asolar las Islas Salomón y se dirigía hacia Nueva Caledonia.  Para el tiempo que llegaríamos a Nueva Caledonia, debíamos estar fuera de su ruta, pero nunca hace daño poner tanta distancia como sea posible entre un huracán y un bote. 
La temperatura estuvo bajando gradualmente, lo que no nos incomodaba ya que el aire estaba muy caliente cuando salimos.  Las noches eran agradables y nos agradaba mirar las estrellas y la fosforescencia brillante que nos acompañaba la mayor parte del tiempo.  Hay un efecto especial, los haces de luz en el mar oscuro.  Unos haces cerca de un metro de diámetro, como si hubiera una discoteca en el fondo y nosotros  navegábamos a través de él.  De noche los shows de luz eran increíbles, con la fosforescencia en el agua o las estrellas en el firmamento.  Algunas noches los delfines nos rodeaban, dejando huellas verdes en el agua, alrededor de Anna Rose.

Un día estando en la proa del bote, disfrutando la subida y caída de Anna Rose, mientras ella gentilmente se dirigía sobre las olas hacia el horizonte,  me agaché sobre la riel mirando hacia el puente cortando las aguas azules, cuando vislumbré un hermoso pescado mamá con dos de sus crías, surfeando en la ola de nuestro puente.  Les observamos por largo tiempo, y en la noche cuando nos fijamos seguían ahí.  A la mañana siguiente corrí al frente para ver si aún seguían, ellos continuaban nadando, pero lastimosamente faltaba una de las crías.  Yo me pregunté que buscaban? ¿Acompañarnos como un pescado piloto, o estaban usando la sombra, explorando?   ¿Qué les hizo viajar junto a nosotros más de 100 millas náuticas en la ola de nuestro puente?
Durante dos días vimos medusas bajo el agua, unas grandes con una herradura naranja en el medio.  Junto a las medusas vimos como unos intestinos inflados flotando en el agua, ligeramente azulado, y hasta el tamaño de una mano.  Nos preguntamos si tenían que ver con las medusas flotantes. 
Durante las charlas con frecuencia me preguntan qué hago en el mar para no aburrirme.  Aún a muchas millas mar adentro siempre descubro nuevas cosas en el agua, hay tanto que ver y que no sabemos acerca de nuestros océanos.  Ciertamente no sólo es un espacio vasto, azul y abierto.  Para mí, el océano está lleno de vida, es excitante, nuevo y desafiante. 
Una semana después de pasar Nueva Caledonia, el clima empezó a ser más desafiante.  Los vientos disminuyen y luego crecen, cambian de dirección, levantando olas y zarandeándonos.  El viento nos hacía rodar pesadamente.  Con frecuencia nos movíamos a dos o tres nudos, pero el bote era simplemente muy pesado para los vientos  para evitar rodar.  Intentamos de todo, al final tuvimos que bajar las velas o sino encender el motor por algunas horas.  La calma chicha, sin viento, es para mí peor que una tormenta.
Hace un par de días Daniel se despertó con el sonido de agua corriendo, y siguiendo el sonido, encontró el ojo de buey en la cabina de ingeniería con una fuga seria.  Era una pequeño manantial.  Además de unas grietas serias en el vidrio, el caucho  también se había encogido por efecto del sol.  Conseguí enderezar el bote para evitar que el agua alcance el ojo de buey y reparamos el daño usando algo parecido al sikaflex. 
Laura & Daniel




















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